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Terror

“(…) Entonces vi una pequeña y negra abertura de donde salía un viento frío y putrefacto, y percibí el olor de las hediondas entrañas de una tierra abominable. No se escuchó ruido alguno; pero en ese momento se apagaron las luces, y vi recortados contra un tipo de fosforescencia que venía del mundo inferior una horda de criaturas silenciosas que avanzaban penosamente, producto de la locura, o de algo aún peor. (…)”

Herbert West: el reanimador, de H. P. Lovecraft. 1922. Cuentos Fantásticos I, Bureau Editor, año 2006

Disfruto mucho las historias de terror, las de horror, no tanto. Creo que es necesario acarar que para mí no es lo mismo el terror que el horror.

El terror es ese que te hace poner la piel de gallina, que te tiene al borde del suspenso, casi sin respirar y de repente te hace saltar en el sofá de tu casa o en la butaca del cine (como La gente detrás de las paredes), o te saca una expresión de asombro y una sonrisa cuando terminás de leer un capítulo después de haber tenido los ojos pegados al papel (Compañías silenciosas de Laura Purcell).

El horror es otra cosa. Es el que te hace revolver en estómago, fruncir la nariz y arrugar el ceño, ya sea cuando lo estás viendo o cuando lo estás leyendo (Hellraicer en película o la novela de Clive Barker). Es sentir en carne propia el dolor del que está siendo torturado, es como bañarse en la sangre del que acaban de abrir a la mitad con un gancho. Es desesperación y asco. El morbo que todos llevamos dentro nos hace consumir ese tipo de ficción porque provoca muchas cosas en el lector/espectador.

Muchos lo disfrutan, yo no tanto. Un poco puede estar bien, pero me parece una salida fácil. Describir apenas una escena particular y buscar la vuelta de tuerca para que el lector/espectador se imagine las cosas que pueden llegar a pasar después de eso, es difícil. Mostrar un bebé abierto al medio con las tripas reventadas es fácil. El impacto no es mismo, no. Pero yo soy así: prefiero que jueguen con mi cabeza, que me hagan anticipar, pensar, desear, y después que me den el doble de lo que quiero o algo totalmente distinto que ni me esperaba. El abuso del gore como herramienta para provocar reacciones en el lector/espectador no me entretiene de la misma forma.

Incursionando en el género de terror empecé leyendo a Poe, más tarde leí a Lovecraf. Estoy en una relación amor-odio con Stephen King. Tengo apenas un par de sagas de terror, como la de los Caminantes Nocturnos de J. R. Johansson (Insomnia, Paranoia y Manía) o la de Dan Wells, No soy un serial killer. Sí tengo muchos autoconclusivos, como La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina o El sustituto, de Brenna Yovanoff (con unas estéticas muy al estilo de Burton). También tengo antologías, como Los reyes de la arena, de George R. R. Martin, pero en su mayoría son argentinas. En este género es donde más me animo a apartarme de los autores reconocidos y a buscar entre los tablones de las ferias de usados.

En mi biblioteca, los libros de terror comparten el estante con los policiales negros y los de suspenso.

Creo que la literatura nacional de terror está tomando vuelo. Hay muchas buenas antologías dando vueltas. Entre las novelas que he leído, tengo que destacar 3 días de Gonzalo Ventura.

Mi mamá tenía unos criterios muy raros sobre lo que era o no adecuado para mí a los 12 años. No me dejaba ver o leer novelas románticas “porque era muy chica”, pero me daba carta blanca para sacar del video club todos los VHS de películas de terror que quisiera. Así que ya desde esa edad me gustaba atormentarme a mí misma con El exorcista, It, Martes 13 y otras tantas. Me miré toda la saga completa de Pesadilla en la calle Elm y fue por culpa de Freddy Krueger que no quería ir al baño sin prender la luz. Confieso que disfruto mucho las películas basadas en las historias de Stephen King, mucho más que a sus libros. Con todas esas historias en mi cabecita de preadolescente cree anticuerpos contra los sustos. Eso afectó mis lecturas porque actualmente no encuentro libros de terror que me asusten de verdad. Las de horror tampoco me asustan, me dan asco, y no es lo mismo.

Mis intentos de escribir terror casi siempre juegan con la desesperación del lector. Es mi materia pendiente, por eso me anoté en un taller para aprender a escribir historias de terror. Vamos a ver qué sale.

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